Para ubicar procesos
de reforma de los sistemas de salud se consideran los factores sectoriales y
extrasectoriales que les dieron origen. La política del Banco Mundial operó
como un factor determinante y se puso en práctica en medio de procesos que
acrecentaron la inequidad en América Latina. A partir de este marco general se
examinan los modelos de Chile y de Colombia, y se plantean algunas de las
enseñanzas que tienen estas experiencias para los demás países.
Palabras
claves: Reforma, sistemas de salud, Chile, Colombia,
inequidad
In order to understand the health
system reforms, factors inherent to the health sector as well as external
factors that gave origin to them must be considered. The policy of the World
Bank acted as a determining factor and was taken into practice in the middle of
processes that increased the inequalities in Latin America. The models of
Chile and Colombia are examined from this background and some of the lessons that
can be drawn from these experiences for other countries are pointed out.
Key words: Reform, health
systems, Chile, Colombia, inequality
|
A |
partir de la segunda mitad de los años
ochenta, pero con mayor énfasis en los noventa, se inició un proceso de
reconfiguración de los sistemas de salud bajo la presión de un conjunto de
factores extrasectoriales y sectoriales, y bajo el influjo de la globalización
de la política y la economía y la emergencia de nuevos actores en la esfera
internacional de la toma de decisiones en salud. Este proceso de cambio estuvo
marcado por la versión neoliberal de la política y del desarrollo económico y
social. Salud, por una multitud de factores, no pudo mantenerse al margen de
estas concepciones.
Entre los
factores extrasectoriales que determinaron la reforma de los sistemas de salud
se encontraron:
1. La crisis del
Estado de Bienestar y la emergencia de las concepciones políticas neoliberales
(1);
2. La desregulación y
minimización del rol conductor del Estado de los procesos de desarrollo;
3. La necesidad de
contener la escalada de costos de los sistemas de salud como parte de la
reducción de los gastos públicos de carácter social;
4. La crisis de
financiamiento de los esquemas de seguridad social por las modificaciones de
las estructuras demográficas, con el consiguiente envejecimiento de la
población;
5. El desempleo
creciente de amplias masas de población y la emergencia de la economía terciaria en países industrializados y no
industrializados;
6. La emergencia del
capitalismo basado en la información (2) y la necesidad de acomodar los
sistemas de salud a los circuitos económicos, políticos, tecnológicos y
culturales hegemónicos;
7. La
desmovilización de la fuerza de presión de los movimientos sociales
organizados, como efecto secundario a la transnacionalización de la economía y
el comercio, y a los cambios políticos e ideológicos operados en la última
década del siglo XX.
Entre los
factores sectoriales se destacaron:
1. La revolución
tecnológica y la obsolescencia moral del equipamiento y la base material y
técnica de los servicios de salud;
2. La escalada de
los costos de las funciones de producción para la atención de la salud;
3. La revolución de
las expectativas de la población con los sistemas y servicios de salud, que
reclaman mayores oportunidades de elección y solución a sus problemas;
4. La emergencia de
grupos de presión sectoriales y extrasectoriales (ambos nacionales y extranjeros,
expresión estos últimos de la globalización del negocio de la salud) por lograr
mayores cuotas de participación en el mercado de salud;
5. La discusión
acerca de la eficacia, eficiencia y equidad de los servicios de salud;
6. El discurso
neoclásico en salud y la debilidad del acomodo de las teorías y metodologías
alternativas al mismo, para ofrecer respuestas adecuadas a las necesidades de
transformación de los sistemas de salud contemporáneos;
7. La hegemonía de
los organismos internacionales de financiamiento y crédito, en la oferta de
cooperación para el desarrollo de procesos de reforma institucionales de
ministerios de salud e institutos de
seguridad social.
Ante las
presiones extrasectoriales y sectoriales enunciadas se inició el proceso de reacomodo
de los sistemas de salud a los cambios macro que se sucedían en las sociedades
latinoamericanas y a las reformas de los Estados nacionales. La lectura de los
problemas se hizo a través de la visión política y económica del neoliberalismo
que realizó una crítica profunda a los logros alcanzados por el Estado de
Bienestar en relación con el desarrollo económico y social, embate que
arrastró a los sistemas de salud. El discurso neoliberal en salud se tornó
hegemónico y las agendas de cambio de los sistemas de salud, en prácticamente
todos los países, adoptaron acríticamente las concepciones que sobre el
particular emergieron de la Universidad de Harvard y del Banco Mundial.
Desde la
macroeconomía emergió una presión enorme para reducir la participación pública
dentro de los gastos nacionales de salud. Los gobiernos necesitaron hacer uso
de una proporción significativa del Producto Interno Bruto-PIB para pagar sus
compromisos con la deuda externa, y los sectores sociales se convirtieron en
una fuente de ahorro que les permitiera asumir esos pagos.
Las reformas de
los sistemas de salud formaron parte de los programas de estabilización y
ajuste estructural que recorrieron todo el continente, bajo el influjo del
Fondo Monetario Internacional. Si bien en los discursos, en los años ochenta y
noventa, prácticamente todos los países del continente adoptaron las
concepciones y los discursos neoliberales en sus aplicaciones a salud, sólo
unos contados países de la región emprendieron reformas profundas que llevaron
a la práctica social esos conceptos. Algunos gobiernos aplicaron la receta neoliberal de salud al
pie de la letra, pero la mayoría no tuvieron el espacio político necesario para
asumir los costos políticos de reformas tan radicales.
Lo que parecía
ser un modelo homogenizador encontró en las realidades nacionales formas de
expresión que lo alejaron bastante de las concepciones que sobre el particular
los organismos de crédito y financiamiento impulsaban. Varios gobiernos de la
región de las Américas sopesaron el peso político de envolver a sus sistemas
de salud en procesos radicales de cambio y se limitaron a lo que se ha dado en
llamar la “reforma silenciosa” que no es más que el vaciamiento de la capacidad
política, técnica y operativa de las instituciones básicas de los sistemas de
salud latinoamericanos, al disminuir los gastos recurrentes de estas
instituciones o al no crecer al ritmo necesario para asumir el crecimiento
vegetativo de la población, ni las necesidades de salud emergentes y
reemergentes. Así mismo, la falta de capacidad para desarrollar el rol de
conducción, negociación y concertación correspondientes a los ministerios de
salud, o para promover la salud
mediante políticas públicas saludables y saldar las deudas sociales y
sanitarias existentes.
Otros gobiernos
optaron por opciones de optimización y transformación de sus sistemas de salud
teniendo en cuenta la especificidad de sus situaciones nacionales, su propia
historia, el caudal de logros y éxitos acumulados, el rol de la salud dentro de
sus procesos de desarrollo y de sus concepciones de los derechos humanos
fundamentales, la igualdad en el acceso a los beneficios y la equidad en la
protección frente a los riesgos, la solidaridad y la redistribución de la
riqueza nacional con justicia social (3). En tales casos los pasos para la
reforma de los sistemas de salud han sido cautelosos, se ha puesto el énfasis
en las necesidades emergentes de la salud de la población y no han primado las
concepciones neoliberales, ni se ha hecho uso de las fuerzas del mercado en
salud como elementos autorreguladores de los sistemas y servicios de salud.
La contribución de salud a la construcción de la democracia sustantiva ha sido
un elemento determinante en la toma de decisión para elegir los cambios
necesarios.
En los años en
que hizo eclosión la reforma de las instituciones sectoriales, desde la
microeconomía se introdujeron en salud una serie de conceptos que reconfiguraron
la visión de la atención en salud. Un documento del Banco Mundial, el Informe
sobre el Desarrollo Mundial (4), publicado en 1993, fue dedicado a salud:
Invertir en salud. Los conceptos
utilizados allí se convirtieron en el substrato dominante para la negociación
de créditos para el apoyo a la reforma de los sistemas de salud en el
continente americano, y por tanto, con una buena dosis de oportunidad (dadas
las condiciones internacionales y nacionales de contexto apuntadas
anteriormente), alimentaron la visión
de la política de salud para nuestros países y nutrieron de argumentos
técnicos a funcionarios foráneos y domésticos, en la década que recién
culmina.
Las bases de
sustentación del documento citado del Banco Mundial, que contó con el apoyo de
la Organización Mundial de la Salud-OMS (5) y de varias escuelas de salud
pública y grupos de investigación prestigiosos de los países industrializados
(6), fueron:
1. Existe una
asignación equivocada de recursos en los sistemas de salud, dedicándose una
proporción de los mismos a intervenciones de escaso beneficio, en función de
los costos.
2. La inequidad,
ineficiencia e ineficacia de los sistemas de salud actuales.
3. La necesidad de
utilizar adecuadamente los escasos recursos de los países en desarrollo
mediante una estricta definición de las externalidades de las acciones de salud
y la focalización del gasto público en los más pobres.
4. La promoción de
la competencia como factor de eficiencia y de ampliación de las oportunidades
de elección por los usuarios de servicios de salud.
5. La asunción de
riesgos compartidos entre financiadores y prestadores de servicios.
6. La separación de
funciones de regulación, financiamiento, articulación y prestación de servicios
de salud.
7. El adecuado uso
de recursos privados y de organizaciones no gubernamentales para la atención de la salud, restringiendo
el campo de actuación de lo público a la satisfacción de bienes públicos y la
generación de canastas básicas de atención con criterios de costo/beneficio.
8. La recuperación
de costos y establecimiento de cuotas moderadoras en el uso de los servicios de
salud.
9. La
descentralización hacia niveles subnacionales y la privatización o externalización
de servicios públicos.
10. La subsidiaridad
del Estado en Salud, es decir la responsabilidad primordial del individuo y
las familias por su salud.
11. La
desideologización y despolitización de la salud pretendiendo darle un carácter
neutralmente tecnocrático a los procesos de cambio en salud.
El modelo que
sirvió de base a las concepciones en que se basó el discurso neoliberal en
salud fue el de la competencia administrada (managed competition) desarrollado en los Estados Unidos a
partir de los años 70 (7). Este modelo se
experimentó en diferentes países europeos a partir de los ochenta. En los años
noventa muchas de esas experiencias están bajo el embate de la crítica en
Europa (8) y en Latinoamérica y el Caribe, aunque aún persisten quienes
consideran que tales sistemas aún están por demostrar sus virtudes, en las
condiciones de Latinoamérica y el Caribe.
EL CONTEXTO DE LOS SISTEMAS DE SALUD EN
EL AÑO 2000
Algunas
estadísticas oficiales de las Naciones Unidas revelan que la situación económica
y social de los países latinoamericanos se hizo más inequitativa a partir de
los años ochenta. En el decenio de 1980 el 10 % más rico de la población
latinoamericana incrementó en un 10 % sus ingresos, mientas que el 10 % más
pobre vio reducido sus ingresos en un 15 % (9). De otra parte, la participación
del 20 % de los países más pobres del mundo en la riqueza mundial, pasó del
2,3 % en 1960 al 1,1 % en 1997.
Según el Informe sobre Desarrollo Humano de 1997 (9), el número de pobres
(medido a través del ingreso de dos dólares diarios) en América Latina y el
Caribe aumentó del 22 % de la población total en 1987 al 24 % en 1993,
agrupando a una masa de 110 millones de personas. En ese mismo período, 42
millones de ciudadanos latinoamericanos clasificaba como adulto analfabeto, 55
millones no tenían acceso a servicios de salud, 109 millones carecían de
acceso al agua potable, 5 millones de niños menores de cinco años se
encontraban desnutridos, 190 madres por cada 100,000 nacidos vivos morían por
causas relacionadas con el embarazo, parto y puerperio y 36 millones de
latinoamericanos no sobreviviría a la edad de 40 años. La pobreza de ingreso
que había comenzado a disminuir desde los años 50 hasta los 70, aumentó a
niveles mayores que los de 1970.

Mientras que los países industrializados están invirtiendo el 6,3 % del
PNB como gasto público en salud, el conjunto de los países latinoamericanos
sólo gastan el 2,5 % del PNB como gasto público en salud (9), en cifras de 1997
(Tabla 1).
De una serie de 20 países latinoamericanos estudiados, comparando los Informes
de Desarrollo Humano del PNUD de 1997 y 1999, solo 11 de ellos aumentaron la
participación del gasto público como proporción del PNB. El resto tuvieron
disminuciones en la participación pública dentro de los gastos nacionales de
salud. De otra parte, entre 1960 y 1991, los países industrializados
aumentaron el gasto en salud como proporción del PBI de 4,5 a 9,7 y del gasto
en salud sólo el 33,6 % correspondió a
gasto privado.
Si bien es indispensable incrementar la eficiencia de los sistemas de
salud latinoamericanos es impensable que se pueda superar las barreras de
acceso a servicios de salud e impactar la situación de salud de los países de la
Región, así como disminuir las brechas sin aumentar el gasto público en salud
(10). El Informe de la Salud Mundial de 1999, publicado por la OMS, reconoce
que si las proporciones de gasto publico en salud invertidas por los países en vías de desarrollo no se incrementan,
será imposible romper el círculo de la pobreza y mejorar el estado de salud de
las poblaciones de estos países (11).
Esta misma fuente plantea que muchos países en desarrollo han concebido
el gasto en salud como un gasto improductivo y han hecho todos los esfuerzos
posibles por reducirlo, lo cual ha sido una perspectiva dominante de los ministerios
de finanzas. La OMS sugiere que si bien no es recomendable, desde el punto de
vista de eficiencia macroeconómica, que los países inviertan más del 9 % del
PIB en salud, no puede pretenderse que con inversiones del 2 % del PIB se pueda
lograr alcanzar coberturas mínimas de servicios de salud para toda la población
(11).
En este contexto los pocos procesos serios de transformación de los sistemas
de salud, iniciados al calor de las modificaciones políticas y económicas de
los años ochenta y noventa, no han sido rigurosamente evaluados en su capacidad
de provocar cambios significativos en el mejoramiento del desempeño de los
sistemas de salud latinoamericanos, en la disminución de brechas en el acceso
a servicios de salud, ni por el impacto logrado en la situación de salud y en
la reducción de diferenciales entre distintos grupos sociales. Algunos
estudios sobre realidades europeas y latinoamericanas apuntan a reconsiderar
algunas dimensiones claves del modelo neoliberal en salud, como veremos más
adelante. Pero más allá de estas consideraciones no se ha hecho la evaluación
de la contribución que tales experiencias han hecho a la estabilidad y
legitimidad de proyectos de gobierno, a la construcción de ciudadanía, a la
cohesión social, a la profundización de la democracia sustantiva, a la
redistribución de la riqueza social, la solidaridad, la justicia social y la
disminución de la pobreza y el incremento de la equidad social en nuestros
países.
Hay que reconocer que, a pesar de los discursos, una buena cantidad de
países, no han puesto énfasis real en estas transformaciones y bajo un manto
de reforma han encontrado las vías para acceder a dinero de créditos y de cooperación
internacional no reembolsable, sin tocar apenas los temas de fondo de los
sistemas de salud. Ello ha significado, de hecho, que no se ha logrado que
estas transformaciones mejoren la redistribución social de los beneficios del
desarrollo para todo esa masa enorme de marginados, excluidos y víctimas de
los modelos de desarrollo exclusivistas latinoamericanos.
La realidad de las reformas de los sistemas de salud latinoamericanos,
ha estado más vinculada a los grupos de interés beneficiarios de esos discursos
y de los recursos movilizados en su nombre (grupos técnicos ejecutores de
proyectos de reforma, firmas consultoras beneficiadas con proyectos, grupos
económicos involucrados en el negocio de la salud, intereses políticos y económicos
extrasectoriales, grupos académicos que desarrollan experiencias de campo y
otros) que a los intereses y necesidades de salud de la población que debía ser
impactada mediante el mejoramiento de las condiciones y modos de vida reales.
Uno
de los primeros temas que ha llamado la atención de los salubristas es el de
definir qué es la reforma. Ello más que un tema semántico es un problema de
fondo, ya que en ocasiones se confunde atención de la salud, con atención a las
enfermedades, el término más impreciso de cuidados de salud o el más abarcativo
de promoción de la salud. Todo ello tiene implicaciones importantes para el
contenido y la extensión del concepto y para los esfuerzos de transformación de
los sistemas de salud que se impulsen.
Si cuando nos referimos a la reforma de los sistemas de salud puede
haber tantas connotaciones diferentes y procesos de transformación disímiles,
ello significa que el tema que abordamos no puede encasillarse en conceptos
únicos y bien delimitados. ¿Qué es la reforma, entonces?
La reforma, en distintos países y contextos, puede ser adjudicada a alguno
o varios de los ejes de transformación siguientes, que evidentemente son diferentes
y algunos de ellos antagónicos:
1.
La expresión en salud del ajuste estructural de las economías que pone
a tono a las instituciones sectoriales, con las exigencias macro políticas y
macroeconómicas;
2.
Una propuesta financiera en Salud, que enfatiza el costo/beneficio de
las acciones, las canastas básicas de servicios de atención, la focalización de
la atención pública en los pobres, y la recuperación de costos, mediante el
cobro de servicios a todo el que pueda pagar;
3.
El recorte de la misión social coincidente con una nueva concepción del
contrato social en salud;
4.
El replanteamiento crítico de las bases teóricas y metodológicas de las
intervenciones en salud (sectoriales, extrasectoriales e intersectoriales);
5.
La reestructuración administrativa y la
desburocratización;
6.
La producción social de la salud y la
democracia participativa en Salud.
A pesar de todo lo anterior, la reforma a veces y en determinados contextos,
se ha reducido al discurso político público y a las gestiones de apoyo internacional
para salud, bajo compromisos de transformación de las instituciones
fundamentales de salud, que sin embargo no conducen la voluntad política hacia
decisiones reales de cambio y permiten seguir haciendo lo mismo de “antes”.
En fin,
vista de otra manera, la reforma puede ser
institucional, sectorial o implicar una concepción más amplia de sistema de
salud (Figura 1). Así mismo, la
reforma puede (12):
·
restringirse a cambios institucionales,
·
extenderse a todo el sector de la salud, involucrando a prestadores,
formadores de recursos humanos e institutos de investigación y desarrollo de
tecnología de la salud e, incluso,
·
involucrar a acciones de políticas públicas saludables, gerencia social
de la salud, mejoramiento de condiciones, estilos y modos de vida de la población
en una visión de producción social de la salud, consecuentes con la democracia participativa.
Según la OMS, “el
sistema de salud se puede definir como el conjunto de todas las organizaciones,
instituciones y recursos dedicados a la actividad sanitaria. Una actividad
sanitaria se define como todo esfuerzo desplegado en el ámbito de los servicios
de salud personales o de los servicios de salud pública, o bien en el desempeño
de una actividad intersectorial, con el propósito de mejorar la salud humana”
(13).
Figura
1. Niveles de Reforma

¿Por qué tales
disquisiciones son importantes? Estudios bien sustentados (14) han demostrado que
del total de gastos nacionales de salud, el 90 % se invierten en servicios de
salud que sólo logran impactar en un 11 % la mortalidad de la población. Se
invierten sólo 1,5 % en estilos de vida que lograrían un impacto de un 43 % de
la mortalidad prevalente, 1,6 % en el entorno que impactaría el 19 % de la
mortalidad y solo 7 % en investigaciones biomédicas que lograrían un descenso
de un 27 % de mortalidad (Figura 2).
Estudios más recientes también apuntan en este sentido que es universalmente aceptado desde los trabajos de los padres de la medicina social europea de los siglos XVIII y XIX (15). Daniels en este mismo trabajo plantea que, aún más sorprendente que la relación entre pobreza, inequidades y salud, es que el acceso universal a servicios de salud no necesariamente rompe la relación entre estrato social y salud de la población.
Alejados
de estas argumentaciones y realidades veamos algunas lecciones y resultados del
modelo aplicado en Latinoamérica y otras latitudes.
Figura 2.
Contribución a la reducción de las muertes

Fuente: Dever GEA
En los años transcurridos y a pesar de que no se han efectuado esfuerzos
oficiales rigurosos por evaluar procesos y resultados de las reformas de los
sistemas de salud, se van perfilando escenarios que fueron previstos desde los
años noventa y que sugerían algunas dificultades políticas, económicas, técnicas,
éticas y de impacto que el neoliberalismo en salud enfrentaría, si de
equidad, participación social y
empoderamiento, eficacia y avance hacia la Salud para Todos se trataba. Pero
una dificultad macro y microeconómica ha estado en que el esquema no ha logrado
resultados en la reducción de la escalada de costos ni ha incrementado la
eficiencia social de los sistemas de salud latinoamericanos.
Algunos resultados palpables ya pueden visualizarse acerca del neoliberalismo
en salud.
En los últimos años se han exhibido dos paradigmas del modelo neoliberal
en salud en Latinoamérica y el Caribe: Chile
y Colombia. Como veremos, ambos, están en vías de modificar las
tendencias iniciales de sus “reformas”, y en el caso chileno, las modificaciones
sufridas a lo largo de sus veinte años de existencia, lo alejan bastante de la
concepción neoliberal pura y clásica, así como de las ideas que las
instituciones financieras internacionales han tenido sobre estos temas; ello
no quiere decir que las bases de sustentación del sistema chileno no se
mantengan incólumes sino que los ajustes que se han generado en la marcha,
apuntan a cuestionar algunos de los principios neoliberales del mismo. Lo mismo
puede decirse de Colombia que, reajuste tras reajuste, se ha ido alejando de la
ortodoxia neoliberal inicial, muy a
pesar de lo cual no ha podido cumplir (ni es previsible que pueda hacerlo en
las complejas circunstancias actuales) con las metas que la reforma se
planteaba para los albores del nuevo milenio.
En Chile que impulsó como parte de sus reformas políticas la desregulación
y la privatización del sector salud, las ISAPRES (Institutos de Salud
Previsionales) cubren el 35 % de la población y consumen el 50 % del gasto
nacional en salud. El 65 % de la población restante es asumida por el FONASA
(Fondo Nacional de Salud) con el 50 % de los fondos (16). Esto es una evidencia
de las inequidades en el financiamiento, y por tanto de las posibilidades de
acceso de la población a la tecnología en salud, del sistema de salud chileno.
Otros autores chilenos plantean que es el principio de la solidaridad
del sistema de salud chileno el que más tangencialmente ha sido tocado por el
nuevo régimen de salud (17). Se sostiene que, “..en efecto, no puede ser solidario
un régimen en dónde la protección de la salud depende primordialmente del
monto de cotización que se entregue y que, en caso de la cesantía, la persona y
su grupo familiar deban necesariamente dejar el sistema privado elegido y
retornar al sistema público” (17). Ello
explica que existan grupos de población que se atienden en las ISAPRES mientras
tienen buena salud y poseen los recursos para pagar las correspondientes
primas, y que cuando enferman seriamente o entran a la tercera edad, no pueden mantener
los costos de las contribuciones y tienen que recurrir al FONASA para su atención.
Otro principio que es parte de la esencia de la Seguridad Social es la
estabilidad, ya que el afiliado está cotizando en su etapa laboral activa con
el fin de que en su edad de descanso pueda disfrutar de ingresos relativamente
iguales a los de su etapa de trabajo. En materia de salud ocurre igual: cotiza
mientras está sano con el fin de tener acceso a beneficios de salud cuando
enferme. El sistema de salud chileno adolece, en las circunstancias actuales,
de estos principios ya que ninguno de ellos está asegurado a los afiliados
(17), desde el momento en que la pertenencia a uno de los dos subsistemas
(privado o público) difiere no solamente en el número de prestaciones que son
otorgadas, sino también en la suficiencia y la calidad de las mismas.
Asimismo, este modelo ha generado una serie de señales de selección adversa
que políticamente han preocupado al gobierno chileno que se ha lanzado a “re
regular” lo desregulado. Esto ha dado
lugar a que exista un sistema estratificado de acceso a paquetes de beneficios
de acuerdo a la capacidad de pago de los afiliados. Entonces como plantea
Daniels (18) “si se acepta que haya estratos más altos, estos
imponen otros desafíos al sistema: ¿tendrán estos planes un efecto nocivo sobre
el sistema en términos de atraer a los mejores proveedores y dejar el resto del
sistema con una red de servicios de menor calidad? ¿Ejercerán estos planes
presión en la sociedad por lograr un derecho igual, obligando a los planes de
los estratos inferiores a parecerse a los del estrato superior?”. Según el
mismo autor existen dos tipos de sistemas estratificados: el primero, en que
una gran proporción de población accede a servicios de salud en general
buenos, y otra proporción menor tienen acceso a planes complementarios mucho
mejores; el segundo, en que una proporción minoritaria accede a servicios
bastante buenos y la mayoría a servicios y planes de salud de muy pobre
cobertura y baja calidad.
En relación con los resultados de la municipalización para el sector público,
se produjo una ruptura de la integralidad y la continuidad de la atención, y
la separación de los niveles primario, secundario y terciario, lo cual ha
implicado la ineficiencia económica, técnica y social de los servicios de
salud, un deterioro de la calidad de la atención y una precarización del sentido
de pertenencia del personal al sistema (19). El modelo de mercados regulados
ha privilegiado a la competencia de establecimientos de salud aislados, y no a
la cooperación entre los mismos en una red. Se desvirtúan las estrategias de
ataque en las redes de servicios, las cuales no son propiedad de
establecimientos aislados, niveles de atención o escalones de complejidad, sino
de la totalidad de la red; por ello, la continuidad y la atención progresiva a
los problemas de salud se fragmenta y disuelve.
En el sistema de salud mixto chileno, que en los años de la dictadura militar
produjo profundos cambios de modelos económicos, financieros, sociales y
organizativos, bajo el argumento de la ineficiencia estatal, se han tomado
decisiones adecuadas con el fin de invertir fondos estatales en el subsistema
público que han redundado en el impacto que muestra Chile en sus indicadores de
salud (19). El dinero invertido se tradujo en años de vida, en incubadoras, en
máquinas de anestesia, en residencias médicas de obstetricia y ginecología, de
neonatología, etc., y en ese sentido “las estadísticas demuestran que la
disminución de la mortalidad infantil la hizo efectiva el sector público. Sin
duda alguna” (19). Ello apunta en el sentido de que la famosa ineficiencia del
sector público es en ocasiones una ficción, más que una realidad. Hay una
lección adicional y es que Chile, con inteligencia y creatividad, ha sido capaz
de dar algunos pasos adecuados para compensar y complementar los vacíos
generados por el modelo que ha tenido los aspectos negativos señalados. Así por
ejemplo pretende modular desde el Estado a la competencia regulada, ya que ha sido obvio que no existe igualdad
de condiciones entre los proveedores y aseguradores públicos y privados, por
lo cual se requieren acciones potentes de rectoría y modulación por parte del
Estado (pluralismo estructurado) (20), con el objetivo de mantener y mejorar
los indicadores de salud que Chile ha alcanzado, a pesar de la inequidad manifiesta
de su sistema. Más allá de la ineficiencia supuesta o real del sector público,
el caso al que hacemos alusión demuestra la efectividad social de lo público
para lograr algunas metas.
En Colombia, el énfasis fue puesto en el aseguramiento y la provisión de
servicios de un programa obligatorio de salud (POS) para los afiliados en dos
regímenes, el contributivo y el subsidiado, que supuestamente alcanzarían la
cobertura universal en el 2001 e igualarían los beneficios entre el programa
para población con capacidad de pago y el dirigido a los pobres. A siete años
de la promulgación de la Ley 100, por la cual se establece el Sistema General
de Seguridad Social en Salud, según Herrera, “el régimen subsidiado se ha
terminado por configurar como un programa diferencial y discriminatorio de
acceso a servicios (para pobres), mediante la asignación de subsidios, sin
adaptación cultural ni práctica del modelo de aseguramiento y en donde el
usuario ha sido desplazado por los intereses de rentabilidad económica y por
la política de los demás actores” (21). El otro paquete de beneficios
de carácter colectivo a bienes públicos con externalidades positivas y negativas
quedó asumido por el Plan de Atención Básica (PAB); pero, en los hechos, se
deterioraron las acciones de promoción y prevención, la participación social
en salud, la vigilancia epidemiológica y el desarrollo de los recursos humanos
en salud (22). La rectoría del Ministerio de Salud, como autoridad
sanitaria nacional, se vio reducida en el período que corre desde 1993 hasta la
fecha. En un esfuerzo por retomar la autoridad sanitaria en el cumplimiento de
las funciones esenciales de salud pública, el Ministerio de Salud se ha
enfrascado actualmente en la gestión del Proyecto de Ley 156 de 1999 para la
“Protección de la Salud Pública” (23).
Uno de los problemas del sistema de salud colombiano está relacionado
con el proceso inconcluso de descentralización iniciado en 1990, con la Ley 10,
reforzado en 1993 con la Ley 60 y que en más de diez años solo involucra al 30
% de los municipios del país, de los cuales sólo el 50 % tiene capacidad para
administrar la salud en el nivel local (24). De hecho la descentralización
hacia las entidades territoriales y de los establecimientos de salud (autonomía
de las Empresas Sociales del Estado), sin un fortalecimiento del rol conductor
y rector del Ministerio de Salud y de su capacidad como autoridad sanitaria,
ha significado para cada uno de los innumerables actores del sistema una
inusitada libertad de actuación, sin petición ni rendición de cuentas, en las
cuales la salud de la población no ha sido lo más importante sino otro tipo de
consideraciones políticas y económico financieras, así como decisiones
coyunturales regionales y locales, todas ellas alejadas de la salud, sin que la
población ejerza sobre las mismas control social. Las autoridades nacionales
de salud han perdido poder político, técnico y operativo para conducir,
vigilar, controlar, cuestionar y sancionar, a los niveles intermedios y
locales. De tal manera muchas decisiones autónomas de las empresas sociales
del Estado o de los entes territoriales, que podrían ser cuestionables por
razones políticas o técnicas, no pueden ser revertidas, dadas las características
del modelo.
Otro tema problemático del Sistema General de Seguridad Social en Salud
está dado por la evasión de los aportes obligatorios, lo cual ha puesto en
riesgo la estabilidad financiera del sistema (25) y la universalidad de las coberturas
al conspirar contra la solidaridad que permitiría subsidiar a los pobres. Las
aseguradoras no han encontrado incentivos adicionales a sus utilidades
actuales para enfrentar este problema. La solución encontrada es aumentar los
controles y por ende los costos administrativos del sistema, lo cual tiene sus
límites en la ley de los rendimientos marginales decrecientes (26). Pero la
viabilidad financiera del sistema no solo ha estado en juego por la evasión y
elusión de aportes sino por las condiciones del desempeño económico del país.
El modelo se suponía que funcionaría con un ritmo de crecimiento económico del
5 %, en que disminuiría el desempleo y el empleo informal y las realidades ha
desmentido esa proyección.
Un asunto muy crítico es la situación hospitalaria. El modelo concibió
al sistema de servicios de salud mediante la competencia regulada entre aseguradores
y proveedores, públicos y privados. En el caso de los hospitales públicos
éstos debían transformarse en “empresas sociales del estado” y competir como
empresas privadas por clientelas y recursos para mantenerse en el mercado. Se
partía de la concepción de compartir el riesgo financiero entre las
aseguradoras y los prestadores de servicios, lo cual, en los hechos, significó
pasarle todo el riesgo a los hospitales y lanzarlos a la quiebra (en algunos
casos), o a una febril búsqueda de recursos, mediante la facturación de cuanto
servicio individual o de salud colectiva se produce, con consecuencias
nefastas para la misión social de la institución hospitalaria y para la moral
y el compromiso de su personal. El efecto que la reforma ha tenido sobre los
trabajadores de salud y sobre las relaciones equipo de salud-comunidad, así
como sobre los modelos de atención a la salud, es un tema bajo debate y estudio
(27).
Varios grupos académicos de Colombia han sometido a análisis la Ley 100 de 1993. Uno de ellos que
conformó grupos de trabajo de diferentes tendencias políticas, ideológicas y
concepciones técnicas y metodológicas acerca de la reforma de los sistemas de
salud, fue el que se impulsó por la Academia Nacional de Medicina de Colombia
(28).
Según la Academia Nacional de Medicina, la reforma que en sus principios
reconoció un importante principio de equidad social, ha llevado al consumo de los nuevos y cuantiosos recursos en un
costoso mecanismo de intermediación guiado por el afán de utilidades corporativas,
lo cual ha contribuido
significativamente a la quiebra de las
instituciones que prestan los
servicios, especialmente de los hospitales públicos. Asimismo este proceso puso
en marcha una riesgosa reconceptualización de la moral social (29). Textualmente
dice la Academia (28) que se “ha sometido la práctica de la medicina a una
argumentación económica que somete el acto médico a la infraestructura de la
industria y al poder del mercadeo y que convierte al médico en un operario medianamente calificado para
el cumplimiento de una jornada laboral”. Continúa la misma fuente, “en esencia
es la conversión de la medicina, que
como disciplina intelectual es una profesión de compromiso social en un oficio
que, al disminuir costos, resulte en mayores márgenes de utilidad para las
entidades intermediarias”.
En relación con los cambios operados en la relación médico paciente, la
Academia señala que se ha transformado la conversión del paciente en usuario,
concebido como cliente y consumidor de un producto industrial, continuando que
“la responsabilidad social del Estado es delegada a entidades
comercializadoras, con lo cual las
empresas suplantan la gobernación política, y el concepto del rendimiento
industrial aplasta a la milenaria moral hipocrática”. Los efectos que la crisis
ha tenido sobre los servicios de salud han llevado a “cuestionar la
responsabilidad moral de las entidades de intermediación creadas por la Ley
100 de 1993, cuyas normas de conducta administrativa exhiben fallas que, en
algunos casos, ya han resultado en acusaciones formales. Esto demuestra una
alarmante ausencia de la autoridad del Estado y una inadmisible falla en los
mecanismos de control, pero también un defecto en la estructura misma del nuevo
sistema”.
En síntesis, la Academia Nacional de Medicina (28) llega a las
siguientes conclusiones:
1.
No se tuvieron en cuenta las notables
diferencias regionales de Colombia,
2.
No se desarrollaron mecanismos efectivos de
control,
3.
No existen sistemas de información seguros y
confiables y hay un comprobable deterioro de los existentes con anterioridad.
4.
Existe incapacidad administrativa y falta de
seguimiento y control en el sistema, concomitante con falta de educación de los
usuarios.
5.
Los derechos del usuario han sido definidos en cuanto
a sus relaciones con las IPS (instituciones prestadoras de servicios), pero no en sus relaciones con las EPS (entidades promotoras de salud) y ARS (administradoras del régimen
subsidiado), es decir con los intermediarios/aseguradores.
6.
Se implantó la figura del intermediario /
asegurador con fines de lucro, convirtiendo la salud en un bien de mercado.
7.
Se incrementaron los recursos del sistema (a
expensas de gasto privado) en forma significativa, pero paradójicamente hoy se
observa una profunda crisis en el sistema, de la cual se inculpa en gran parte
al Estado y a los mecanismos de intermediación.
8.
Deterioro de la calidad de la atención, del
profesionalismo y del capital intelectual del sistema, con el consiguiente
detrimento del acto médico.
9.
En cuanto a los recursos del sistema se
encontró:
·
Una parte significativa fue consumida por la
burocracia administrativa y las utilidades de la intermediación;
·
Los recursos no fluyeron en forma rápida y
eficiente debido a las múltiples instancias interpuestas en el sistema que
incrementaron las trabas de tipo administrativo y las oportunidades de
corrupción;
·
Se hicieron pagos indebidos por afiliación
múltiple dentro del régimen subsidiado y en ocasiones concomitantes con el
régimen contributivo. Similar situación anómala se observa en el régimen
contributivo;
·
Se registra el uso de utilidades del régimen
subsidiado para cubrir las pérdidas del régimen contributivo;
10. Deterioro de la salud pública y la vigilancia epidemiológica al desintegrar
la atención y las fuentes de financiación de la misma;
Se ha planteado (30) que la intermediación en Latinoamérica y el Caribe
(con el objeto de promover la competencia administrada de los terceros pagadores
y de incrementar la eficiencia al compartir el riesgo entre proveedores y
aseguradores) ha generado una enorme ineficiencia social, de tal manera que en
algunos contextos aunque se ha logrado movilizar mayores recursos financieros
a través de la afiliación de más población, ello no se ha traducido en
servicios de salud ni en mejoramiento de los niveles de salud de la población.