Rev. Fac.
de Med. Univ. Nal de Colombia, vol. 52, n1
HISTORIA
Emilio Quevedo V., Médico-Cirujano Especialista en Pediatría, Ph.D. en Estudios, Sociales de la Ciencia, Profesor y Director del Centro de Historia de la Medicina, Universidad Nacional, de Colombia. Bogotá, Correspondencia: equevedo@juval.com
Resumen
En este artículo se
presenta, en primer lugar, una visión panorámica de los
principios que guiaron la higiene privada hipocrática en la
Antigüedad Clásica. En
segundo lugar, se analizan los procesos sociales y los fundamentos
teóricos que dieron origen a la higiene pública, como respuesta
de las autoridades civiles a la gran pandemia de peste, llamada la Muerte Negra, la cual se presentó
en Europa durante la Edad Media. Igualmente, se analiza la forma como estos
nuevos fundamentos teóricos modificaron las concepciones y
prácticas de la higiene privada desde entonces.(Rev Fac Med
Univ Nal Colomb 2004; 52: 83-90)
Palabras claves: Higiene, medicina hipocrática, muerte negra,
peste.
Summary
This paper presents, on one hand, a panoramic overview of the principles
of the Hippocratic private Hygiene during the Classic Antiquity. On the other
hand, it analyzes the social processes and the theoretical principles that
allowed the birth of Public Hygiene as a way to fight against the great
pandemic called Black Death that attacked Medieval Europe. It also analyses the
way this new theoretical ideas modified the principles and practice of private
Hygiene since that time. (Rev Fac Med Univ Nal Colomb
2004; 52: 83-90)
Key words:Hippocratic medicine, public hygiene,
black death, peste.
La higiene privada hipocrática
“Los cambios
de estación y, dentro de ellas, las variaciones de frío, calor,
humedad, etc., son causas principales de enfermedad”...”La salud
excesiva...es peligrosa. Y ello por dos razones: por la imposibilidad de
mantenerse siempre en el mismo punto y por la imposibilidad de mejorar. De
ahí que únicamente pueda deteriorarse...Pero al mismo tiempo,
tampoco deberá llevarse esto al otro extremo, lo que sería
igualmente peligroso. Lo mejor es un equilibrio intermedio”.
Hipócrates. Aforismos
La palabra
“higiene” viene del término griego Hygieie,
nombre que se le daba a la diosa de la salud (1) y fue retomada por la medicina
hipocrática, secularizándola y otorgándole el sentido de
un conjunto de normas que deberían ser seguidas para mantener la salud y
prevenir las enfermedades (2).
De acuerdo con Pedro Laín Entralgo, fue Alcmeon
de Crotona (siglo VI antes de Cristo) el primero en
relacionar el estado de salud con el recto equilibrio (isonomía)
de las distintas potencias que dualmente se oponen
entre sí en cada naturaleza (physis)
individual: lo caliente y lo frío, lo húmedo y lo seco, lo amargo
y lo dulce, etc. Fue, por tanto, el primero en explicar en términos
naturales (physiológicos) el estado de
salud, trasladando a la visión de la physis
un concepto tocante a la constitución de la polis griega: la isonomía, o igualdad de derechos de todos los
ciudadanos ante la ley (nómos) (1).
Según Empédocles, y en seria discusión con los
demás presocráticos que sólo aceptaban la existencia de un
sólo principio, cuatro elementos (agua, tierra, fuego y aire) y sus
cualidades correspondientes (humedad, sequedad, calor y frio),
serían los verdaderos principios constitutivos (arche)
de la naturaleza (physis) de todas las cosas
(3, 4).
Los hipocráticos
retomarán estas dos propuestas, elaborando un concepto de rango
más alto, el de humor, entendido éste a su vez como
asociación, en proporciones diversas, de estos cuatro elementos con sus
cualidades correspondientes (4). Cuatro serán también estos
humores que componen y explican la naturaleza del cuerpo humano (la sangre, la
flema, la bilis amarilla y la bilis negra) y consecuentemente, cada uno de
estos humores estaría compuesto de la correcta mezcla de los cuatro
elementos (3): la sangre (caliente y húmeda) de fuego y agua; la flema
(fría y húmeda) de aire y agua; la bilis negra o melanobilis (fría y seca) de agua y tierra y la
bilis amarilla o atrabilis (seca y caliente) de tierra y fuego (4).

Figura
1. Los cuatro
humores y los elementos básicos de los hipocráticos
La salud es entendida por
Hipócrates y su escuela como el equilibrio (isonomía)
entre estos cuatro humores y la enfermedad, consecuentemente, como el
desequilibrio entre ellos, la monarquía de un humor sobre los
demás (3).
A su vez, existirían
cuatro temperamentos o constituciones humorales típicas (llamadas por la
medicina galénica constituciones epidémicas) en todos los seres
humanos sanos, dependiendo de cual humor predomine más en cada persona:
el sanguíneo, el flemático, el melancólico y el
atrabiliario (1). Estos temperamentos determinarían una susceptibilidad
específica a la enfermedad. Por ejemplo, una persona de temperamento
sanguíneo (es decir, caliente y húmeda) tendría la
predeterminación a enfermarse más en verano (cuyo clima es
caliente y húmedo) que en otras estaciones del año, ya que la
humedad y calor del ambiente podrían actuar sobre la constitución
humoral caliente y húmeda del sanguíneo, causando el
desequilibrio. Lo equivalente podría ocurrir con los otros temperamentos
y las demás estaciones del año (5).
La salud es entonces para los
hipocráticos, en primer lugar, la armonía, el equilibrio, entre
los cuatro humores, en cada una de estas cuatro “constituciones
epidémicas” (Hipócrates, 1976, 286). Pero por otra parte,
es también armonía o adecuado equilibrio entre la naturaleza
humana y la naturaleza general, es decir, que la armonía entre los
humores depende del correcto equilibrio entre la constitución humoral de
la persona (causa interna) y la naturaleza general (causa externa), representada
en los lugares, las aguas, los aires, el clima, la dieta, el régimen de
vida, etc. Igualmente, la salud es bella, no sólo por que en su
apariencia se manifiesta y brilla el buen orden de la physis
en su concreción individual, sino también por su
realización social y política (la adecuada colaboración de
cada individuo sano al bien de la polis). Así mismo, y cerrando
el círculo, la salud es un modo de vivir bien proporcionado, armonioso,
porque en ella se hallan en recto equilibrio las dynámeis
o potencias en las que la physis del individuo
sano se realiza (1). En otras palabras, dicha armonía entre los humores
depende del correcto equilibrio entre la constitución humoral de la
persona y las causas externas para que el individuo pueda cumplir su
función social.
Así pues, los excesos
en el régimen de vida, en cualquier sentido, pueden poner en desequilibrio las causas
externas y las internas desarmonizando los humores y produciendo la enfermedad
(3).
Por tanto, la salud y la
prevención de la enfermedad dependen, según Hipócrates y
su escuela, del celo con que cada persona cuide de su régimen de vida
para evitar los desequilibrios entre la naturaleza humana y la naturaleza
general y así pueda vivir armónicamente en la pólis.
El modelo galénico de salud y enfermedad, aunque enriquecido y
sistematizado desde una lectura aristotélica de la obra
hipocrática, mantendrá este esquema básico de
explicación.
La higiene
hipocrático-galénica estaba entonces apoyada en un modelo
humoralista y consecuentemente orientado al control individual del
régimen de vida, es decir, era una higiene de carácter privado y
debería ser practicada por cada individuo. Como bien dice Rosen, según este modelo higienista clásico,
la vida entera de un individuo debería estar organizada para ese propósito
de mantener la salud. Sin embargo, muy pocas personas podían llevar a
cabo una vida así. Este era un régimen concebido para una
pequeña clase social alta que podía llevar una vida de lujo y
ocio, una clase soportada en una economía esclavista. Así, esta
higiene privada era, en esencia, una higiene aristocrática (Rosen, 1993: 12). El grueso del pueblo, según
declara el autor del escrito hipocrático “Sobre la Dieta”,
“...por necesidad debía llevar una vida azarosa y
... descuidando todo, no podía ocuparse de su salud” (2).
Este fue pues el primer momento del desarrollo de la higiene: la higiene
privada y elitista. Este modelo predominará en Europa desde la Grecia
Clásica hasta el siglo XIX. Sin embargo sufrirá algunas modificaciones,
o más bien rea-comodaciones, durante el
período que va desde la baja Edad Media al siglo XVIII.
La muerte negra y los comienzos de la higiene pública
“Y
digo, pues, que ya habían los años de la fructífera
encarnación del Hijo de Dios llegado al número de mi trescientos cuarenta
y ocho, cuando en la egregia ciudad de Florencia, bellísima entre todas
las de Italia, sobrevino una mortífera peste...al empezar la enfermedad,
nacíanles a las hembras y varones, en las
ingles o en los sobacos, unas hinchazones que a veces alcanzaban a ser como una
manzana común, y otras como un huevo...y en seguida los síntomas
de la enfermedad se trocaron en manchas negras o lívidas ...y
así,...casi todos, al tercer día de la aparición de los
supradichos signos, cuando no algo antes o algo después, morían
sin fiebre alguna ni otro accidente”.
Giovanni Boccaccio.
El Decameron.
Con excepción de la
“Peste de Justiniano”, llamada así por el emperador
bizantino que reinaba en el Imperio Romano en el siglo VI d.C. cuando
estalló esta primera gran pandemia de peste bubónica, desde
finales del siglo VIII hasta finales del siglo XIV Europa estuvo notablemente
libre de casi todas las enfermedades epidémicas (6). A finales del siglo
XII, el fondo de las enfermedades de Europa era estable: la viruela, el sarampión,
la malaria, la lepra y otras pocas enfermedades habían establecido un
equilibrio tentativo dentro de la población europea. Había
desaparecido la peste, que era la enfermedad que más personas
había matado (Gottfried, 1993: 49) y la
higiene hipocrático-galénica siguió siendo útil
para el control social de la enfermedad. En aquellos casos, como en el de la
lepra, en los cuales la higiene clásica era inútil, se
acudió el aislamiento como medida preventiva (6).
Las acciones de la asistencia
pública en salud, desde el punto de vista administrativo, estaban
centradas en algunas unidades locales ubicadas en las ciudades, lo cual le daba
a esta asistencia pública un carácter parroquial (2). Las
ciudades y villas tenían una maquinaria administrativa para la prevención
de la enfermedad, la supervisión sanitaria y en general para la
protección de la salud de la comunidad. El carácter de esta
maquinaria estaba íntimamente ligado a la administración
municipal. La ciudad era manejada por un Concejo; el título dado a esos
consejeros variaba de un lugar a otro, pero las funciones eran esencialmente
las mismas. En Italia y sur de Francia, eran conocidos como consuls,
en el norte francés y en los países bajos eran llamados echevins, y en Inglaterra, aldermen
(2).
El concejo manejaba la rutina
administrativa de la comunidad (finanzas, trabajos públicos, etc.) y al
lado de estos trataba los asuntos de la salubridad y bienestar públicos.
Estos últimos eran generalmente asignados a uno o mas
miembros del concejo, quienes actuaban como subcomité. En el caso
español se llamaban Mustasafs.
En general, la administración de la salubridad pública no era
llevada por los médicos sino por los ciudadanos del común. Los
médicos eran contratados para deberes específicos como la provisión
del cuidado médico a los indigentes y prisioneros en caso de enfermedad,
el diagnóstico de lepra y de condiciones similares y para ofrecer
consejos de experto en tiempos de pestilencia o en materias médico
legales. Finalizando la edad media este patrón administrativo se
volvió un poco más complejo, pero su carácter
básico permaneció idéntico (2). Esta organización
sanitaria municipal logro, en la mayoría de los casos, mantener
controlada la enfermedad.
Pero ese período
europeo “epidemiológicamente feliz”,
terminó súbitamente a mediados del siglo XIV. Varios elementos se
conjugaron, modificando el equilibrio y la pauta de las enfermedades
infecciosas y transmisibles en el viejo continente. Por una parte, el marcado
crecimiento de la población (300% desde el siglo X), los repentinos
cambios de clima y la consecuente disminución de los alimentos,
condujeron a Europa a un período de hambre que alteró las
capacidades inmunológicas del pueblo europeo. Por otra, a partir del
siglo XIII, cambios climáticos habían comenzado a alterar la
ecología de los insectos y roedores de Eurasia
y la peste, enfermedad allí endémica y originaria del Desierto de
Gobi, había aumentado.
Simultáneamente
e impulsados por los mencionados cambios climáticos, los Mongoles
habían iniciado la conquista del Asia central y con ellos había
viajado la peste. Finalmente, se desarrollaron conexiones comerciales
más estrechas entre Europa, Asia y África, y los consecuentes
contactos humanos entre Oriente y Occidente aumentaron. Así, en
algún momento de finales del siglo XIII o comienzos del XIV, el
equilibrio ecológico de Eurasia fue
violentamente perturbado y de ello resultó la difusión y
diseminación de la Yersinia Pestis y de la peste bubónica1
desde el Desierto de Gobi, en el este de la China,
donde esta enfermedad es endémica, hacia el sur de la India y el Asia
central, llegando hasta el Medio Oriente y, finalmente, hasta la cuenca del Mediterraneo, siguiendo la Ruta de la Seda y otras rutas de
intercambio comercial. Así apareció la Muerte Negra en Europa y
la segunda pandemia de la peste2.
Durante
este episodio de la Peste Negra medieval fueron los italianos quienes,
apoyándose en la teoría miasmática, intentaron por primera
vez poner en práctica una estructura de vanguardia en Europa en el
sector de la prevención sanitaria, instaurando unas medidas que, en
contraposición con el modelo de la higiene privada hipocrática,
podrían llamarse medidas de higiene pública, ya que iban
más allá de los métodos y controles individuales (8).
La Yersinia Pestis o Pasteurella Pestis es un bacilo y
es la bacteria responsable de la peste bubónica. Este bacilo vive en el
tracto digestivo de las pulgas, particularmente las pulgas de las ratas Xenopsylla cheopis y Cortophulus fasciatus, pero
también puede vivir en la pulga humana Pulex irritans. Periódicamente, por razones aun no
comprendidas por completo los bacilos se multiplican en el estómago de
la pulga, en número suficiente para causar un bloqueo, amenazando
así con matar de hambre a la pulga. La pulga «bloqueada»,
mientras pica a la rata o al hombre para alimentarse vomita dentro de sus
víctimas gran número de bacilos Y. Pestis,
los cuales solo pueden pasar a través de la piel de la víctima
por la herida producida por la pulga o por otra grieta ya existente, pues no
pueden atravesar la piel sana (6). Una vez que penetran al organismo, viajan
por el sistema linfático hasta los ganglios linfáticos locales en
donde se multiplican y después de 2 a 6 días el ganglio se
inflama produciendo una gran bola hinchada y dolorosa a la cual se ha llamado
«bubón». De ahí el nombre de Peste Bubónica.
Luego, desde ahí, el bacilo se extiende a la sangre invadiendo otros
ganglios y otras partes del cuerpo. En un 10 a 20% de los pacientes se infecta
el pulmón produciéndose la forma neumónica. En un 5 a 15%
de los enfermos, la piel, sobre todo la de las extremidades se afecta con
lesiones purpúricas, de ahí el nombre
de Muerte Negra. En algunos pocos casos puede producirse una forma
generalizada, llamada forma
septisémica, mucho más letal. La muerte
sobreviene casi siempre como resultado de la neumonía, la sepsis o al
shock por la endotoxemia debida a la
intoxicación con las propias sustancias producto de la
destrucción de los tejidos y la coagulación intravascular
(7).
Aunque la palabra
“miasma” es de origen griego y significa mancha o polución,
entendida como contaminación física y moral del cuerpo y como
olor pútrido que contamina el aire (1)3,
esta teoría miasmática se consolidó en Europa durante la
Edad Media, y persistió durante el Renacimiento y la Ilustración.
Se pensaba que las enfermedades agudas, febriles, purulentas y contagiosas,
eran producidas por los miasmas, partículas pútridas que
surgían de la tierra en descomposición y provocaban la
corrupción del aire, envenenándolo. Esta misteriosa materia
insalubre se pegaba luego de persona a persona, o del animal a los seres
humanos, por el aliento o por el contacto físico y, de las personas se
adhería a las cosas y viceversa, tal como se pega a ellas el perfume (según
decía Ambrosio Paré4). Estas
enfermedades se agravaban en las estaciones cálidas, cuando el calor y
la humedad favorecían la corrupción de las materias
orgánicas. La observación comprobaba la mayor frecuencia de
epidemias en las épocas cálidas, meses en que se advertían
los peores hedores (8).
Cuando las repetidas epidemias
de peste bubónica comenzaron con la mencionada Muerte Negra de los
años 1348-1351 y devastaron buena parte de la población europea,
la incapacidad de la medicina hipocrático-galénica para enfrentar
el problema se puso en evidencia. Tanto los métodos diagnósticos
y terapéuticos como las medidas higiénicas individuales
recomendadas por esta medicina, fueron insuficientes ante el abrazador avance de la peste (6). Fue entonces cuando se
pusieron en marcha esta serie de medidas de higiene pública, que
tenían como sustento esta teoría miasmática.
Ante la crítica
situación, en 1348 en Venecia y en Florencia, comenzaron a instituirse
Juntas de Sanidad cuya tarea era “considerar diligentemente todos los
medios posibles de mantener la salud pública y evitar la
corrupción del medio” (6). Estas juntas tuvieron un
carácter temporal, pues solo funcionaban mientras duraba la epidemia.
Pero en la primera mitad del siglo XV (1486-1527), estas juntas fueron
transformadas en magistraturas permanentes (6, 8).
La primera función de
todas las juntas de sanidad pública era informar a las autoridades de
cualquier epidemia; el siguiente paso era tratar de aislarla; esto solía
intentarse mediante una cuarentena, lo que rara vez daba buenos resultados. Las
cuarentenas medievales pretendían aislar a las personas, no a los
insectos o roedores, y seguían la tradicional teoría de
transmisión por el contacto con los miasmas. Las personas infectadas,
junto con sus bienes y propiedades eran aisladas de las personas sanas y su
desplazamiento era restringido (6). Este modelo de juntas sanitarias se fue
extendiendo por el resto de la Toscana y luego por
las otras ciudades europeas.
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2 La Muerte Negra fue el nombre que se le dio a la primera
epidemia de la segunda pandemia de la peste bubónica. Se presento en el
mundo occidental desde 1347 hasta 1351, después de la gran epidemia
asiática, matando al 25-50% de la población europea y causando o
acelerando cambios políticos, económicos, sociales y culturales.
Fue una combinación de cepas bubónicas, neumónicas y septisémicas de la peste. La Muerte Negra fue pues
el comienzo de la segunda pandemia: una serie de brotes cíclicos de la
enfermedad que se repitieron hasta el siglo XVIII. Para una visión
más amplia e integral del fenómeno de la Muerte Negra medieval
europea, véase el libro de Robert S. Gottfried, que venimos citando en los párrafos
anteriores (6)
3De ahí la palabra «mal aria» (mal aire) o
aire de mala calidad que producía enfermedades (9).
4Ambrosio Paré (1510-1590), médico y cirujano
renacentista que ha sido considerado por algunos historiadores como el
«Padre de la Cirugía moderna».
5Para una historia mas amplia de la
limpieza personal ver, entre otros, el libro de Vigarello
sobre la historia de lo limpio y lo sucio y la higiene del cuerpo desde la edad
media, citado en la bibliografía (10).
Así se establecieron de
manera sistemática, unas medidas de control ambiental para evitar la
propagación de los miasmas y prevenir la extensión de las
epidemias. Aunque, como ya dijimos, la higiene privada de corte
hipocrático-galénico persistirá hasta finales del siglo
XIX, este será un primer paso hacia la organización de una
higiene pública.
Ya en el siglo XVII, debido a
la alta frecuencia de peste y de tifus exantemático, se habían
instaurado, no en balde, medidas permanentes, creando juntas de sanidad en
varias ciudades europeas. Coherentemente con el paradigma miasmático,
estas juntas ordenaron desde 1607 mantener las aldeas «limpias y pulcras
de todo tipo de porquerías». Se trataba de eliminar todas las
fuentes de malos olores que abundaban por todos lados. Se consideraba que las
alcantarillas inadecuadas, o incluso la falta de ellas, y los pozos negros eran
una de las fuentes principales de tremendos hedores y continuo peligro para la
salud pública. A los excrementos y basuras, resultado del diario vivir y
convivir humano, se sumaban los excrementos de animales (caballos, asnos y
mulas utilizados como medio de transporte) que se albergaban en establos anexos
a las casas dentro de las aldeas. Todos esto elementos, aunados a otros como
los fertilizantes a base de estiércol animal, que eran corrientemente
usados en la agricultura, las aguas estancadas y las actividades productivas en
las que se utilizaban o se producían residuos malolientes como la
cría del gusano de seda, el remojo de lino, la maceración del cáñamo,
la peletería y la carnicería, se constituían en las causas
de los malos olores urbanos. Por otra parte la utilización de las
iglesias como cementerios, con cadáveres enterrados superficialmente en
el piso de tierra o en las paredes y la presencia de animales carroñeros
y de perros o gallinas que escarbaban la tierra buscando comida,
permitían la liberación de vapores pútridos por toda la
población. Dichas juntas de sanidad centraron su atención en el
control de todos estos elementos malignos que “inficcionaban”
el aire (8). Todas estas medidas sirvieron de base para las acciones sanitarias
posteriores.
Con relación a la
higiene personal o privada es necesario decir que esta tiene una historia
diferente y un proceso de institucionalización distintos al de la
higiene pública. Una historia también muy compleja, la cual se
conjuga con otras historias, aquellas que tocan con la historia de las
imágenes del cuerpo, de sus envolturas como la de la ropa interior y
exterior, las del medio que rodea al cuerpo como el agua, etc5.
Así pues,
después de la Muerte Negra, la higiene privada siguió existiendo
como un conjunto de prácticas alimenticias, de ejercicio, de vestimenta
y de limpieza basadas en la teoría humoral, teoría que
siguió orientando tanto la práctica de la medicina como la vida
personal. Por otra parte, esta higiene personal o privada se fue enriqueciendo
con otro tipo de prácticas como el baño colectivo, muy
común en Roma y desarrollado ampliamente en la cultura Árabe,
cultura que también adoptó tanto el modelo humoral como la
medicina hipocrático-galénica, a partir de los siglos VII y VIII.
Pero, como bien dice Georges Vigarello,
no fueron los higienistas ni los médicos los que dictaron las normas y
criterios de limpieza en la Europa medieval y renacentista. Fueron los peritos en conductas, autores
de libros que trataban del decoro, y no los sabios los que marcaron la pauta
(10).
Fue eso precisamente lo que
ocurrió durante la Edad Media y los siglos XV y XVI cuando, como
consecuencia de las repetidas epidemias de peste bubónica que
continuaron presentándose después de la Muerte Negra, la
teoría miasmática, fundamento de la higiene pública,
invadió algunos aspectos de la higiene privada. Como dice Vigarello, el contacto personal fue lentamente apareciendo,
en caso de epidemia, como un riesgo grave. Las ciudades víctimas de la
peste se conviertieron en verdaderas trampas humanas
condenadas al horror. Es por esto por lo que comenzaron allí a
formularse reglamentos prohibitivos para regular la vida social y disminuir el
riesgo de muerte y contagio. Las decisiones de los alcaldes, consejales o prebostes de los mercaderes implicaron una
higiene social que tocaba con la higiene privada: paulatinamente se fueron
limitando los contactos de manera progresiva, especialmente se prohibió
la asistencia a los lugares de reunion social, los
cuales, consecuentemente se fueron cerrando. Se suprimieron los espacios de
comunicación entre las personas, para evitar exponer los cuerpos tanto
al aire infectado como a los otros cuerpos. Se instaló así una
desconfianza que interrumpió el frecuentamiento
de lugares como escuelas, iglesias y baños públicos (10).
El caso de estos
últimos es típico para entender como la teoría
miasmática, fundamento de la higiene pública, influyó en
la higiene individual. Los médicos, en épocas de peste,
denunciaron desde el siglo XV a los baños públicos y a los
baños turcos como lugares en donde se codeaban los cuerpos desnudos y
donde las personas ya atacadas por enfermedades contagiosas podían
difundir a otros su enfermedad. La observación de que el agua caliente y
el vapor de agua abrían los poros de la piel hizo suponer que los
miasmas penetraban más fácilmente al cuerpo después del
baño y, por tanto, los baños se convertían en focos de
contagio. Así, las personas adquirieron la costumbre de aplicarse cremas
y aceites en el cuerpo en vez de bañarse, con la finalidad de tapar los
poros. Igualmente, la forma de vestir cambió pues las personas
decidieron usar ropas de seda y de satín que, al ser lisas, no
permitían que los miasmas se adhirieran a ellas. Así pues, la
teoría miasmática modificó también el
comportamiento del cuidado personal, al menos en ciertos momentos, lo que de
todas formas no fue obstáculo para que la higiene privada europea
continuase su curso con cierta independencia de la higiene pública (10).
Así pues, la higiene
privada, consistente en un conjunto de actividades de carácter privado
bajo la responsabilidad de las personas para garantizar su salud individual
nació en la Grecia clásica, fundamentada en la teoría
humoral hipocrática, y se transformó en la Edad Media por la
influencia de la teoría miasmática. La higiene pública, en
cambio, como responsabilidad de las autoridades públicas para asegurar
la salud de las poblaciones, nació en la Edad Media como resultado de la
pandemia llamada “Muerte Negra”. Estas dos formas de concebir la
higiene sufrirán cambios importantes durante los siglos XVII a XIX hasta
que en el siglo XX se transformen en lo que hoy llamamos “salud
pública”.
Referencias
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9. Corbin A. El perfume o el miasma. El olfato y lo imaginario social. Siglos XVIII y XIX. 1a edición en español ed. México: Fondo de Cultura Económica; 1987.
10. Vigarello G. Lo limpio y lo sucio. La higiene del cuerpo desde la Edad Media. Madrid: Alianza Editorial; 1991.